Siempre es recomendable estar atento a las señales que rodean cada momento de la vida. Y cuando digo siempre, me refiero a situaciones como una que me contó Ricardo Suárez, un conocido de Omar, que siempre pasaba por lo de César cuando nos juntábamos a conversar en el bar de Tito.
Siempre contaba anécdotas divertidas sobre una sobrina de su señora, una chica de unos 26 años que solía merodear los alrededores de la cancha de Vélez, en especial en temporada de verano, cuando los torneos son una cagada que no le importan a nadie, a menos que jueguen River y Boca, claro, porque un superclásico es un superclásico aunque sea river y boca jugando al ta-te-ti.
Nunca me voy a olvidar aquella vez que se jugó la final del campeonato de bochas. Dos viejos socios de la parcialidad de Núñez contra otros dos del club enemigo número uno de las gallinas. Para la ocasión se había alquilado un lugar donde se armó una cancha de bochas profesional, porque, claro, las canchas normales no estaba preparadas para albergar los 30.000 hinchas que colmaron aquella tarde el estadio que se contrató para tal fin.
La idea había surgido en una reunión, entre tortas fritas y algún vermú, cuando Don Julio, uno de los habituales hombres mayores de aquellas tertulias, dijo "a nosotros no nos gana nadie a las bochas" refiriéndose a Don Horacio y a él mismo. Y una de esas cosas de la vida quiso que en aquella ocasión, casi como infiltrado, hubiera dos señores socios del club Boca Juniors que no dejaron pasar la oportunidad para contestar, de repente, "A ustedes les hacemos el orto cuando quieran".
Se hizo un silencio. Un poco por la gravedad del desafío, pero en parte también porque había un par de chicos dando vueltas, nietos de algunos asistentes y la frase había sido un poquito subida de tono. Pero Don Horacio no pudo con su genio y en medio del silencio retumbante de aquella tarde fresca de abril, gritó "Qué van a hacer ustedes si ni siquiera se les para la pija".
Los viejos no involucrados en la disputa comenzaron a reír a carcajadas, las pocas mujeres asistentes, la que atendia en la barra del bar y la mujer de uno de los hombres que no lo dejaba ni a sol ni a sombra se horrorizaron, los niños miraban divertidos la cosa sin entender muy bien que pasaba. Entonces la cordura se apropió de la situación. Como siempre, Germán, el más viejo y tranquilo de todos ellos, se paró.
Sólo ese acto bastó para que todos, en señal de respeto y curiosidad, hicieran absoluto silencio. Entonces dijo "Se acabó, vamos a organizar un torneo de bochas".
A partir de allí se armó la cosa. Primero se sentaron a escribir el reglamento, luego decidieron qué clubes participarían. Al otro día, Fulgencio Ramirez, el encargado de las inscripciones, envió por correo certificado una invitación a cada club de primera división, informando sobre el torneo. Raúl Poletti, asignado para las cuestiones monetarias, consiguió tres auspiciantes en una semana. Y finalmente, un mes después de aquel memorable día, comenzó el torneo.
En lugar de hacer todos contra todos, como se hacía con el fútbol, se decidió hacerlo en la modalidad eliminatoria, y poco a poco fueron quedando cada vez menos. Hasta la gran final, que justamente fue River-Boca.
El superclásico.
Y ese día, la cancha vibraba con el aliento descontrolado de miles de hinchas enfervorizados con el acontecimiento. Los hombres, de edad avanzada, estaban nerviosos y alegres, como temiendo el resultado, y las reacciones de la gente, pero a la vez contentos de enfrentar a sus enemigos más odiados.
Recuerdo todavía, como si fuera hoy, la cara de Don Julio cuando sostenía la bocha del primer tiro en la palma de la mano, y la gente gritaba su nombre y caminaba lentamente hasta el lugar desde el que tenía que hacer su primer lanzamiento.
Recuerdo ese instante como si fuera hoy.
El resto no lo recuerdo muy bien.
Y lo que pasó más tarde, menos.
Y bueno.
Es así la vida...
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