Y no es que quiera dar cátedra, pero la cosa es así. Si uno sigue por el mismo camino un determinado tiempo, tarde o temprano, más temprano que tarde, sin reposo, se encontrará con la propia mentira cotidiana.
Después de todo, quién no quiere ser el primero en enterarse, quién no quiere salir en la portada del diario.
Digo, porque después vienen a decir esto y lo otro. Y yo siempre intento mantener la cordura, no vaya a pasarme como a Santiago Solís, que de puro amarrete se quedó una navidad solo en su casa, ya que pretendían conbrarle el plato 35 pesos y encima era para sentarse a comer en una mesa improvisada en el gimnasio del club del barrio, Defensores de Salaberry, que supo vivir épocas de gloria ya olvidadas.
No es sano descubrirse en infortunios de la razón, pues una vez que uno ha atravesado el umbral que lo separa del propio ser, cuesta tanto volver como empezar de cero. Entonces se puede caer en situaciones absurdas, lugares comunes, un diariero en la esquina con una lapicera en la oreja.
Y si no miralo a Tobías, si, el flaquito hijo de Doña Matilde. Matilde si, la dueña de la panadería. Esa. Si. No, esa no boludo, en la cuadra siguiente. Claro, si te dije, donde compramos los churros cada domingo de los últimos 12 años. Bueno, tiene un hijo. Claro, si ya debe tener como 17 años el hijo. Me estás diciendo en serio? Tobías!, el de rulos, alto, medio amariconado. Ah, cuando dije lo de amariconado reaccionaste. Ya lo ubicaste no?
Tobías solía salir temprano a la mañana, porque laburaba en el mercado de abasto, en el abasto. Tipo 5 de la mañana tenía que estar ahí, así que imaginate. Sumale hora y media de viaje y te la regalo. Por eso te digo. Pobre flaco. Encima maricón.
Porque una cosa es una cosa y otra cosa es llegar todos los días puntual al trabajo y cumplir con todas las cosas que hay que cumplir y bancarse que el aguinaldo, si lo pagan te lo paguen en cuotas y la cara de orto de tu jefe que si hacés las cosas mal te hincha las pelotas y si las hacés bien, empieza a tener miedo de que le saques el puesto y entonces te boicotea y que después de tanto sacrificio, tanta sonrisa de plástico, tanto café de petróleo, tanto madrugar y tanto aguantar para que un día venga el señor reducción de personal y te indique la puerta de salida.
Y ahí quién te culpa si querés salir a matarlos a todos?
Eh?
Después se sorprenden, claro.
Te decía, dicen que un tipo, en Once, un viernes de abril no aguantó más y mató a su jefe y a los tres dueños de la empresa donde trabajaba y después de pegó un tiro. Y tuvo tan mala suerte que el tiro de gracia le pegó en el lóbulo de la oreja derecha, dejándole la cara hecha un cagada, pero vivito y coleando para comerse 25 años con los muchachos de la ducha. Así le dejaron el orto, así.
Y después dicen que la vida no trae compensaciones... imaginate, el pobre hombre salió a los 17 años por buena conducta y ahora dicta clases de aerobics en un gimnasio de Avellaneda.
Todos merecemos una segunda, y quien te dice, tal vez tercera o cuarta oportunidad.
O no??
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