martes, enero 30, 2007

Historia del zapato triste

Cuentan los que saben que cuando se supo la historia, el mundo se detuvo en un llanto inmenso. Que las carretas frenaron de sopetón y que algunos vendedores de globos exclamaron palabrotas irrepetibles.

Todo comenzó allá por 1954, el país era una fiesta y todo el mundo en la calle parecía sonreír de felicidad. Las mujeres sabían los precios de las golosinas en cada kiosco y disfrutaban de eso como nunca antes habían disfrutado de detalle alguno. Ciertas mañanas algunas de ellas se miraban al espejo y no podían evitar ruborizarse al descubrir que estaban lindas.

Otras, más previsoras, compraban el diario el día anterior y se fijaban que iba a ponerse la duquesa de Sarlanga para así copiarle el atuendo y desfilar por la Avenida Rimbombante, con cara de suficiencia.

Los hombres, con galera o tal vez apariencia de aprendices, caminaban tomados de la mano sin miedo al que dirán, mirando a los ojos a los transeúntes que, desconcertados, tamborileaban los dedos sobre alguna superficie plana, esperando pasar el mal rato.

Otros, más sinceros, se quedaban en sus casas a mirar por la ventana, pensando en cuánto tiempo más seguirían llegando golondrinas y donde empezarían a quedarse cuando se les acabaran los árboles para anidar.

Y en medio de tanta algarabía y regocijo, un hombre, uno solo, miraba sus zapatos.

O mejor deberíamos decir… su zapato.

Porque tenía uno solo. Negro, bastante bien lustrado, con un cordoncito como de tiritas de cuero colgando delante, medio hacia un costado. Apenas gastado en la punta. Pero uno solo. Un solo zapato testigo de otros tiempos, de otras verdades más cercanas a la realidad. Un solo signo como símbolo de otro paradigma, de otra aldea, de otros hombres y mujeres.

Miraba su zapato pensando, claro está, en su otro zapato, perdido hacía ya veinte años. El otro zapato que vaya uno a saber que historias estaba viviendo, había vivido… le quedaba aun por vivir. Pero la angustia tiene silencios a veces difíciles de sobrellevar, entonces Yunque levantaba la vista del suelo y sonreía con esa alegría de quien no tiene alegría, con lo mueca torcida de una sonrisa armada para engañar al espíritu. Pero al menos sonreía, la gente que lo veía en la calle no sospechaba en esos momentos todo el dolor que lo acompañaba a cada instante de su vida, incluso en los momentos de sonreír. Su otro pie, desnudo, era el recuerdo constante de aquellos tiempos pasados y hermosos. Y el tiempo, maldita cuerda irrefutable de sordos segunderos, se notaba también. Sus manos eran espejos de su rostro, confusos pliegues de arrugas y arenas clavadas en la piel. La joroba torcida hacia la derecha de tanto estar agachado mirando la ausencia de su zapato le recordaba tiempos en que pararse derecho no representaba una terrible puntada de dolor.

Y su pie. Dolorido, pisado por caminantes imprudentes, sus uñas testigos involuntarias de la irremediable falta de alicate.

¿Dónde estás zapato triste?, murmuraba casi sin pronunciar las palabras.

¿Qué camino equivocamos que nos trajo a este presente doloroso?

¿Cuándo podré finalmente morir en paz?

Tenía la extraña convicción de creer saber que cuando encontrara su zapato, moriría no ya de felicidad, sino de tranquilidad. Pero la paradoja que se planteaban quienes escuchaban su teoría de la muerte era qué ocurriría si nunca encontraba su zapato triste. ¿Acaso viviría por siempre? Él no respondía. Esa clase de razonamiento no podía siquiera rozar su mente, ya que la simple idea de no encontrar nunca más el zapato podría sumirlo en la más temible locura. Entonces como mecanismo de autodefensa prefería seguir esperando.

Aunque esperar es una manera de decir, ya que Yunque nunca se quedaba quieto, siempre en movimiento, buscando, siempre levantando alguna caja de cartón, revisando en los tachos de basura, preguntando a la gente, mostrando su zapato y diciendo la frase que era ya su latiguillo del barrio “¿no vio uno como este?”. Era tan así que muchos al verlo acercarse ya le decían, antes de escuchar la pregunta “no, don Yunque, ninguna novedad”, y el hombre se quedaba tranquilo por un rato.

Y así pasó el tiempo. Hasta que un hombre piadoso finalmente se tomó el trabajo de conseguir un zapato del mismo modelo y número y marca. Lo gastó un poco para disimular que era nuevo y se lo entregó al viejo para que se lo probara.

Después de calzarse el zapato se incorporó con una sonrisa esplendida. Incluso a las personas que fueron testigos del momento se les iluminó el rostro con esa sonrisa. Un gesto de tranquilidad al fin, de deber cumplido, de espera justificada. Todo eso junto era esa sonrisa que además agradecía sin palabras.

Dio tres pasos con su par completo de zapatos y mirando a todos lentamente dijo “ahora si” y se desplomó.

Tenía 117 años.

miércoles, enero 24, 2007

Paliza

Resulta que la semana pasada viene Juan y me dice "a este tipo habría que cagarlo bien a tromapadas" y lo noté con tanta bronca que ahí mismo me detuve y lo increpé lentamente a que me contara en detalle la historia en cuestión.
Hizo un silencio, como tomando carrera, y se lanzó a explicarme una telenovela de las 4 de la tarde en la que su supuesta novia había metidole los cuernos con el susodicho "tipo". Y digo supuesta novia porque el mismo se encargó de aclarar que la minita no es que era el amor de su vida ni mucho menos, más había estado saliendo dos semanas, o 10 días, y lo cierto es que le chupaba un huevo la mina en cuestión, pero le resultaba francamente insultante que el tipo hubiera tenido el tupé de pensar que podía escupirle el asado así, tan impunemente.
No tuve opción y le dije "vamos" y lo fuimos a buscar al laburo. Era delivery de una pizzería de la esquina de Independencia y Arrecifes. Lo encaramos en cuanto salío del local con una grande de muzzarela en una mano y la llave del candado de la motito en la otra.
"Eh, loco, que te transás a mi minita", le dijo Juan haciendo con una mano el típico gesto de interrogación, es decir, todos los dedos formando una montañita y subiendo y bajando rítmicamente. El flaco apenas atinó a mirar hacia adentro del negocio, en busca de ayuda que nunca apareció. Con el primer sopapo la pizza voló una considerable distancia girando extrañamente como si la hubieran tirado intencionalmente para que planeara libre. Cayó con un ruido aplastado y en el mismo movimientos de caida y aterrizaje la pizza escapó de la caja y se desparramó sobre la vereda. Las aceitunas rodaron libremente y algunas llegaron incluso hasta el asfalto.
"Pará, viejo" dijo el flaco cuando pudo enderezar la cabeza luego del golpe. Pero no habíamos ido para hablar de nada, simplemente a exponer nuestra opinión sobre su accionar a puro golpe. La patada que logré encajar justo en un costado de su tórax lo dobló momentaneamente dando la impresión de ser un muñeco de esos que les apretás abajo y se desarman y después soltás y se vuelven a armar. Pero este no se volvió a armar, por lo menos durante el rato, unos diez minutos, que le estuvimos dando masa.
Cayó como una bolsa de batatas, con algo de sangre en la nariz y tomándose la región lateral donde había golpeado mi patada. Una vez que estuvo en el piso le dimos varias patadas más sin que el pobre tipo atinara siquiera a frenar con sus manos los golpes. De repente lo veo a Juan que tiene algo en la mano que le esta por tirar en la cabeza, y pensé que era una piedra. Asustado grité "Pará, Juan, ya fue", pero no me hizo ningún caso y entonces me di cuenta, cuando miré la cara del pibe destrozado en el suelo, que lo que tenía era la pizza.
La muzzarela se le mezclaba con la sangre y las lágrimas. Juan estaba eufórico y quería seguir y seguir, tal vez hasta matarlo, pero el sentido común siempre llega, tarde o temprano, y entonces lo frené, tomándolo fuertemente de los brazos, diciendole "ya fue, ya fue, vamos".

Volviendo para la casa de Juan, seguíamos conversando. "Que raro", dijo Juan, "hubiera jurado que el pibe que estuvo con Anita era morocho y de pelo corto". Lo miré incrédulo. "Además era un poco más alto, y ahora que me acuerdo..."

"QUE??", le pregunté algo impaciente.

"Que había dejado de trabajar hace una semana"