Todo comenzó allá por 1954, el país era una fiesta y todo el mundo en la calle parecía sonreír de felicidad. Las mujeres sabían los precios de las golosinas en cada kiosco y disfrutaban de eso como nunca antes habían disfrutado de detalle alguno. Ciertas mañanas algunas de ellas se miraban al espejo y no podían evitar ruborizarse al descubrir que estaban lindas.
Otras, más previsoras, compraban el diario el día anterior y se fijaban que iba a ponerse la duquesa de Sarlanga para así copiarle el atuendo y desfilar por la Avenida Rimbombante, con cara de suficiencia.
Los hombres, con galera o tal vez apariencia de aprendices, caminaban tomados de la mano sin miedo al que dirán, mirando a los ojos a los transeúntes que, desconcertados, tamborileaban los dedos sobre alguna superficie plana, esperando pasar el mal rato.
Otros, más sinceros, se quedaban en sus casas a mirar por la ventana, pensando en cuánto tiempo más seguirían llegando golondrinas y donde empezarían a quedarse cuando se les acabaran los árboles para anidar.
Y en medio de tanta algarabía y regocijo, un hombre, uno solo, miraba sus zapatos.
O mejor deberíamos decir… su zapato.
Porque tenía uno solo. Negro, bastante bien lustrado, con un cordoncito como de tiritas de cuero colgando delante, medio hacia un costado. Apenas gastado en la punta. Pero uno solo. Un solo zapato testigo de otros tiempos, de otras verdades más cercanas a la realidad. Un solo signo como símbolo de otro paradigma, de otra aldea, de otros hombres y mujeres.
Miraba su zapato pensando, claro está, en su otro zapato, perdido hacía ya veinte años. El otro zapato que vaya uno a saber que historias estaba viviendo, había vivido… le quedaba aun por vivir. Pero la angustia tiene silencios a veces difíciles de sobrellevar, entonces Yunque levantaba la vista del suelo y sonreía con esa alegría de quien no tiene alegría, con lo mueca torcida de una sonrisa armada para engañar al espíritu. Pero al menos sonreía, la gente que lo veía en la calle no sospechaba en esos momentos todo el dolor que lo acompañaba a cada instante de su vida, incluso en los momentos de sonreír. Su otro pie, desnudo, era el recuerdo constante de aquellos tiempos pasados y hermosos. Y el tiempo, maldita cuerda irrefutable de sordos segunderos, se notaba también. Sus manos eran espejos de su rostro, confusos pliegues de arrugas y arenas clavadas en la piel. La joroba torcida hacia la derecha de tanto estar agachado mirando la ausencia de su zapato le recordaba tiempos en que pararse derecho no representaba una terrible puntada de dolor.
Y su pie. Dolorido, pisado por caminantes imprudentes, sus uñas testigos involuntarias de la irremediable falta de alicate.
¿Dónde estás zapato triste?, murmuraba casi sin pronunciar las palabras.
¿Qué camino equivocamos que nos trajo a este presente doloroso?
¿Cuándo podré finalmente morir en paz?
Tenía la extraña convicción de creer saber que cuando encontrara su zapato, moriría no ya de felicidad, sino de tranquilidad. Pero la paradoja que se planteaban quienes escuchaban su teoría de la muerte era qué ocurriría si nunca encontraba su zapato triste. ¿Acaso viviría por siempre? Él no respondía. Esa clase de razonamiento no podía siquiera rozar su mente, ya que la simple idea de no encontrar nunca más el zapato podría sumirlo en la más temible locura. Entonces como mecanismo de autodefensa prefería seguir esperando.
Aunque esperar es una manera de decir, ya que Yunque nunca se quedaba quieto, siempre en movimiento, buscando, siempre levantando alguna caja de cartón, revisando en los tachos de basura, preguntando a la gente, mostrando su zapato y diciendo la frase que era ya su latiguillo del barrio “¿no vio uno como este?”. Era tan así que muchos al verlo acercarse ya le decían, antes de escuchar la pregunta “no, don Yunque, ninguna novedad”, y el hombre se quedaba tranquilo por un rato.
Y así pasó el tiempo. Hasta que un hombre piadoso finalmente se tomó el trabajo de conseguir un zapato del mismo modelo y número y marca. Lo gastó un poco para disimular que era nuevo y se lo entregó al viejo para que se lo probara.
Después de calzarse el zapato se incorporó con una sonrisa esplendida. Incluso a las personas que fueron testigos del momento se les iluminó el rostro con esa sonrisa. Un gesto de tranquilidad al fin, de deber cumplido, de espera justificada. Todo eso junto era esa sonrisa que además agradecía sin palabras.
Dio tres pasos con su par completo de zapatos y mirando a todos lentamente dijo “ahora si” y se desplomó.
Tenía 117 años.
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