Resulta que la semana pasada viene Juan y me dice "a este tipo habría que cagarlo bien a tromapadas" y lo noté con tanta bronca que ahí mismo me detuve y lo increpé lentamente a que me contara en detalle la historia en cuestión.
Hizo un silencio, como tomando carrera, y se lanzó a explicarme una telenovela de las 4 de la tarde en la que su supuesta novia había metidole los cuernos con el susodicho "tipo". Y digo supuesta novia porque el mismo se encargó de aclarar que la minita no es que era el amor de su vida ni mucho menos, más había estado saliendo dos semanas, o 10 días, y lo cierto es que le chupaba un huevo la mina en cuestión, pero le resultaba francamente insultante que el tipo hubiera tenido el tupé de pensar que podía escupirle el asado así, tan impunemente.
No tuve opción y le dije "vamos" y lo fuimos a buscar al laburo. Era delivery de una pizzería de la esquina de Independencia y Arrecifes. Lo encaramos en cuanto salío del local con una grande de muzzarela en una mano y la llave del candado de la motito en la otra.
"Eh, loco, que te transás a mi minita", le dijo Juan haciendo con una mano el típico gesto de interrogación, es decir, todos los dedos formando una montañita y subiendo y bajando rítmicamente. El flaco apenas atinó a mirar hacia adentro del negocio, en busca de ayuda que nunca apareció. Con el primer sopapo la pizza voló una considerable distancia girando extrañamente como si la hubieran tirado intencionalmente para que planeara libre. Cayó con un ruido aplastado y en el mismo movimientos de caida y aterrizaje la pizza escapó de la caja y se desparramó sobre la vereda. Las aceitunas rodaron libremente y algunas llegaron incluso hasta el asfalto.
"Pará, viejo" dijo el flaco cuando pudo enderezar la cabeza luego del golpe. Pero no habíamos ido para hablar de nada, simplemente a exponer nuestra opinión sobre su accionar a puro golpe. La patada que logré encajar justo en un costado de su tórax lo dobló momentaneamente dando la impresión de ser un muñeco de esos que les apretás abajo y se desarman y después soltás y se vuelven a armar. Pero este no se volvió a armar, por lo menos durante el rato, unos diez minutos, que le estuvimos dando masa.
Cayó como una bolsa de batatas, con algo de sangre en la nariz y tomándose la región lateral donde había golpeado mi patada. Una vez que estuvo en el piso le dimos varias patadas más sin que el pobre tipo atinara siquiera a frenar con sus manos los golpes. De repente lo veo a Juan que tiene algo en la mano que le esta por tirar en la cabeza, y pensé que era una piedra. Asustado grité "Pará, Juan, ya fue", pero no me hizo ningún caso y entonces me di cuenta, cuando miré la cara del pibe destrozado en el suelo, que lo que tenía era la pizza.
La muzzarela se le mezclaba con la sangre y las lágrimas. Juan estaba eufórico y quería seguir y seguir, tal vez hasta matarlo, pero el sentido común siempre llega, tarde o temprano, y entonces lo frené, tomándolo fuertemente de los brazos, diciendole "ya fue, ya fue, vamos".
Volviendo para la casa de Juan, seguíamos conversando. "Que raro", dijo Juan, "hubiera jurado que el pibe que estuvo con Anita era morocho y de pelo corto". Lo miré incrédulo. "Además era un poco más alto, y ahora que me acuerdo..."
"QUE??", le pregunté algo impaciente.
"Que había dejado de trabajar hace una semana"
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