viernes, febrero 02, 2007

Algunos crepúsculos son a la mañana

La historia de Federico Fabri es digna de ser contada. Tiene tantos vericuetos y tantas intrigas psicológicas que podría escribirse un tratado sobre el ser humano. No sé si mi habilidad narrativa logrará reflejar algo de esta verdadera aventura del pensamiento y la pasión.

Federico Fabri era un ebanista clásico que toda su vida había trabajado en el taller de un tío lejano de nombre Héctor, que no le dirigía la palabra en todo el día, ni siquiera para decirle "gracias" cuando ya no quería mate. Esto ocasionaba distintas situaciones realmente desconcertantes que no viene al caso recordar ahora.

Héctor sabía algunos de los motivos personales que movían a Federico a trabajar el ébano, pero se los guardaba para si, pensando que quizás es mejor guardar ciertos secretos y además, y como si fuera poco, porque su esposa, Clarita Rinaldi, le decía siempre que mejor se dejara de joder y que la vida ya era demasiado complicada para andar haciéndose problemas por semejante pelotudez. Si, era un poco malhablada la muchacha, de apenas 22 años que se había casado con Héctor simplemente porque lo amaba desde siempre, pero que la familia no había querido saber nada, y le habían dado el gusto, porque no sabían nada. Se escaparon cuando ella tenía 18 y el 32 y se casaron en secreto en una capilla de San Ignacio de Calamuchita, donde el cura, preocupado y un poco divertido, advirtió a la feliz pareja sobre lo malo que era estar lejos de la familia.

Advertencia que perdió totalmente su significado y valor cuando descubrieron, no mucho después, que el mismo cura había excomulgado a sus padres por motivos oscuros que nunca lograron sacar a la luz. Incluso un hermano del cura, Roberto Iturralde, solía decir en las reuniones del parlamento del pueblo, que su hermano se la lastraba, a lo cual comenzaba una silbatina reprobatoria que terminaba en un aplauso cerrado y compacto.

Lo que pasaba, se decía en el pueblo, es que Roberto no le perdonaba al cura, su hermano, un affaire con la secretaria del Cardenal Bartolo, que en cierta oportunidad habían pasado dos noches en el pueblo, una de las cuales nadie supo donde estaba Martita ni con quien, pero misteriosamente tampoco se pudo ubicar al cura.

Claro, Martita no tenía que rendirle cuentas a nadie, porque no había hecho votos de castidad de ninguna clase, pero se decía en los pasillos que se había birlado la castidad de más de uno y en especial se usaba la frase "no deja títere con cabeza".

En los pueblos que figuraban en el itinerario del viaje del Cardenal esperaban la llegada de Martita con ansias y se había hecho una fama que la precedía. Era la perdición de los curas, o su salvación, nunca se sabe. Como aquella vez que estuvo en Diaz Velez, un pueblito al sur de Tarapatí del Valle, donde se supo que Tiburcio, un curita de 24 años, había quedado tan deslumbrado con las habilidades amatorias de Martita que había abandonado los hábitos y se había dedicado a la poesía, de especial contenido erótico.

Pronto juntó una cantidad considerable de hojas y consiguió que un editor irresponsable, de nombre Walterio Terenz, publicara en simpática edición de bolsillo los poemas, bajo en desafortunado título de "Las locuras del cura". El escándalo fue mayúsculo. A Martita comenzaron a perseguirla en un estilo particularmente similar a la Gestapo. Trabajo de inteligencia, intercomunicación entre los pueblos y otros medios innombrables fueron cerrando el cerco sobre la promiscua mujer.

Poco a poco se acercaban a donde estaba ella acobardada y triste. Luego de años había pedido refugio en la iglesia del cura, hermano de Roberto Iturralde, donde había sentido que no la traicionarían. Pero el cuerpo le pedía a gritos una alegría y no tuvo mejor idea que meterse con Héctor, el marido de Clarita Rinaldi.

La indignación fue tal que el pueblo entero se enteró de todo y pasaron años hasta que Clarita logro perdonar la infidelidad de Héctor. Y fue allí cuando viajaron hacia otros lados, recorriendo pueblos ignotos hasta dar con Sadías Recondo, el lugar que sería con el tiempo cuna de un amor sin precedentes y donde, además, Héctor conoció a su más extraño y gran amigo, Federico Fabri, el ebanista... pero esa es otra historia.

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