jueves, agosto 05, 2010

Labia

-Es Tito, dijo César y le pasó el teléfono. Quiere hablar con vos.

-No quiero atenderlo, decile que se vaya a la puta madre que lo parió, así, decile así.

César mantuvo un silencio tenso, como intentando decidir si debía obedecer y transmitir el mensaje o lo mejor era ignorar a Pilar, que en su estado de furia no podía pensar bien lo que decía.

-Dale, Pili, dejate de joder, Tito seguro que quiere disculparse. Atendelo, haceme el favor…

Pilar no contestó pero estiró la mano, con desprecio, como si el aparato le diera asco.

-¿Qué mierda querés?, dijo mientras se paraba y se alejaba con el inalámbrico.

César se quedó sentado en una de las tres sillas de la cocina, esperando que volviera Pilar y pensando si hacer unos mates. En la mesa todavía estaban las fotos. Dos de ellas estaban boca abajo, pero la tercera había quedado hacia arriba. Enorme. Al verla la dio vuelta. Después tomó las tres y las metió en el sobre en el que habían llegado. Lo cerró y leyó el nombre.

-Tito!, se escuchó a Pilar gritar. Luego un silencio. Luego Pilar intentando iniciar una oración, interrumpida.

César se paró y puso agua en la pava. Sacó la yerba de la repisa y llenó el mate. Buscó en la alacena algún paquete de galletitas para acompañar el mate. Recordó entonces que no comía nada desde la mañana, cuando había empezado todo. Eran las 5 de la tarde y pensó que tal vez las galletitas no fueran suficiente alimento. Pilar también estaba en ayunas. Buscó en la heladera para hacer una ensalada y puso en el microondas dos bifes a descongelar.

-¿Sabés qué pasa? ¿Querés que te diga qué pasa? Pasa que sos un tremendo hijo de una gran puta, eso pasa. Pasa que no tenés idea del daño que causaste, un daño irreversible. Pasa que sos un inconsciente que ni siquiera te detuviste un segundo a pensar en nada ni en nadie.

Silencio. César se acercó hasta ella con una lechuga en una mano y un repollo en la otra. Se paró delante de su campo visual para que ella le indicara que prefería. Pilar le dio a entender que no quería nada, por lo que César decidió hacer dos ensaladas. Tomate y lechuga. Repollo y huevo duro. Puso una ollita para los huevos.

Pilar murmuraba cada tanto. Parecía que se iba calmando. Aunque era difícil de creer.

-Sí, ya sé… pero… claro, es así. Lo que pasa es que en el primer momento… sí, exacto. Y me volví loca, porque pensé que… claro, que estúpida. No sabés cómo me puse… después seguro César te cuenta.

César sacó la pava del fuego y vertió el agua en el termo gris. Puso un poco en el mate y sacó los bifes del horno para ponerlos en una plancha.

-Puede ser, dale… o mejor hagamos un asado y se vienen con los chicos. Dale, no te hagás rogar.

César recordó que no había puesto sal a los bifes y lo hizo.

-Dale entonces quedamos así. Perdoná mi reacción y muchas gracias por todo Tito. Nos vemos el sábado.

Click!

-Comemos, dijo César desde la cocina.

-Dale, contestó Pilar sonriendo.

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